Rafael Moneo, el arquitecto que amaba las ciudades

Rafael Moneo es el arquitecto español más prestigioso del mundo y nuestro único premio Pritzker. A sus 75 años, su obra tranquila y bien fundamentada es un reflejo de su propia personalidad. Nace en Tudela (Navarra), en 1937. Al poco tiempo de su licenciatura, en 1961, gana el Premio Nacional de Arquitectura, junto a Fernando Higueras, por el Museo de Restauraciones Artísticas de Madrid. Ha desarrollado una intensa labor docente tanto en Madrid como en Barcelona.

Además, ha sido profesor invitado en alguna de las universidades más prestigiosas del mundo, como Princeton y Harvard. Algunos de sus proyectos más emblemáticos son la renovación de la Estación de Atocha de Madrid, la ampliación del Museo Thyssen y del Museo del Prado y el Kursaal de San Sebastián. 

Le dan el premio de las Artes. ¿Es usted un artista?


La arquitectura, no hay duda, está ligada al arte. Pero el arquitecto debe pensar en tantas cosas que al final su trabajo no es tan inmediato, personal, directo y libre como el de un artista.

 

Pero no es lo mismo un edificio de Moneo que otro de...


Cierto, pero te condiciona la ciudad donde construyes. Debes buscar la armonía con el acervo heredado, reflejar los anhelos del momento y convivir con un futuro que ignoras. Nunca se debe olvidar nuestra influencia en la vida de las gentes.


¿Diría que el cliente siempre tiene la razón?


No siempre [se ríe], pero es que en España algunos arquitectos quieren responder por sí mismos a lo que la sociedad necesita. No puede ser. La sociedad debe situar al arquitecto en el terreno que le corresponde. En otros países, los clientes acompañan el proyecto y no permiten que nadie se exceda en sus atribuciones.


Hablando de excesos. En esta crisis derivada de una 'burbuja' inmobiliaria, ¿qué responsabilidad cabe a los arquitectos?


No se puede hacer a los arquitectos responsables de la 'burbuja'. El problema vino del acceso a dinero fácil y de que nuestro modelo económico y el grueso del empleo estuvieran sustentados en la construcción.


Sin un arquitecto no se puede construir un edificio...


Es verdad. Siempre hay presiones y mucho dinero en juego, pero debemos reclamar una actitud ética al arquitecto a la hora de ejercer su profesión.


¿Cómo supo que quería ser arquitecto?


Mi padre me empujó. Es lo que a él le habría gustado hacer. Al terminar el bachillerato, yo no lo tenía muy claro. Era un estudiante inquieto, interesado en filosofía, pintura, humanidades; quería entender el mundo desde la cultura y las obras del pasado.


¿Y, aun así, no lo veía claro?


 [Se ríe]. No, no, llegué a Madrid en 1954 y enseguida vi que aquella elección era la ideal. Me iba a permitir seguir muy atento a la realidad combinando todos esos intereses más amplios que albergaba.

 

Decía Sáenz de Oiza que no pudo enseñarle nada porque usted ya «lo sabía todo»...


 [Se ríe]. Bueno, pero yo aprendí mucho con él. Me permitió ver muy de cerca cómo trabajaba un arquitecto de talento y, ante todo, me enseñó qué tipo de profesional quería ser. La arquitectura, para Oiza, estaba ligada a esclarecer el entendimiento de lo que se construye.

 

El danés Jorn Utzon fue su otro gran maestro. ¿Es cierto que llamó directamente a su puerta?


 [Se ríe]. Solo de forma metafórica. Después de trabajar casi tres años con Sáenz de Oiza deseaba ampliar horizontes. Utzon era el arquitecto que más me atraía y le escribí. Debió de verme muy decidido, era 1961, porque me acogió con entusiasmo.

 

¿Qué edificio ajeno le cambió la vida?


Con Utzon recorrí Escandinavia en el viaje más revelador de mi vida. Recuerdo el paso de Dinamarca a Suecia y el encuentro en Gotenburgo con el Ayuntamiento de Erik Gunnar Asplund. Aquello fue definitivo para mí, como lo sería poco después conocer a Alvar Aalto en Finlandia. Pasé un día entero con él en su estudio y recorrí el país siguiendo su obra. Aquello me hizo ver hasta qué punto la carrera de un arquitecto podía ser consistente.


Y de los suyos, ¿alguno le marcó con más fuerza un nuevo rumbo?


El Museo de Mérida es el proyecto al que más debo, el que me dio más nombre en el exterior.

 

Cuando va usted por la calle, ¿analiza todos los edificios, el mobiliario urbano...?


Sí, sí [se ríe], veo cosas que a la mayoría de los mortales se les escapan. Los intereses de un arquitecto al diseñar una esquina, por ejemplo. Ver las ciudades así es un privilegio; te abre el horizonte.

 

En arquitectura, donde una obra tarda años en concluirse, ¿hasta qué punto las críticas aportan o perturban?


Siempre son valiosas. Las obras importantes suelen ser públicas y esto implica la abundancia de juicios sobre lo que uno hace. Incluso algunas críticas que no atrapan toda la realidad pueden mostrarte una debilidad en tu proyecto.

 

¿Se siente triste al finalizar un edificio?


Hay siempre una cierta tristeza, porque hay una relación muy fuerte entre ese proceso y tu vida. Pero bueno, enseguida llega un nuevo reto.

 

ENLACE 22.10.2012

 

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